«¿Qué
fue de las fake news?». No es una crítica a los
organizadores, pero no voy a utilizar el término fake news en
mi introducción. No lo voy a hacer porque es precisamente el término
que utilizan los enemigos de la libertad de prensa para culpar a los
periodistas y a los medios de comunicación. Fue Donald Trump quien
popularizó el término. Y lo utiliza para desacreditar a los medios
de comunicación, supuestos enemigos del pueblo.
No voy a hablar
de fake news sino de desinformación y propaganda. Algunos
expertos académicos hablan de «trastornos informativos». No voy a
hablarles de información falsa sobre la Dana. Intentaré exponer el
contexto europeo y las tendencias mundiales. Pero también las
posibles respuestas, tanto a nivel de la profesión como de la
sociedad civil y los gobiernos.
Desgraciadamente, me toca comentar
este fenómeno en un contexto especialmente preocupante para nuestras
democracias: la alianza, incluso diría la connivencia, sin
precedentes en la historia de la Humanidad, entre el presidente del
país más poderoso del mundo, Donald Trump, y el hombre más rico
del mundo, Elon Musk, a la cabeza de la red social X (Twitter), con
una capacidad masiva para influir en la opinión pública mundial.
Estas
dos figuras, estrechamente vinculadas, dominan la Humanidad, nos
guste o no: Donald Trump, campeón mundial del descrédito de los
medios de comunicación, y Elon Musk, experto mundial en el arte de
la desinformación.
Una cita de Elon Musk: “You are the media
now” («Ahora sois los medios de comunicación»). Así
escribía Elon Musk a los usuarios de su red X el 6 de noviembre, al
día siguiente de la victoria electoral de Donald Trump. Al día
siguiente aclaró su pensamiento en otro tuit: «Fue en la red X
donde pudisteis ver la realidad de estas elecciones, mientras la
mayoría de los medios de comunicación mentían constantemente al
público. Ahora sois vosotros los medios de comunicación». Así fue
como Elon Musk retuiteó un post de la cuenta ElonFacts en el que
proclamaba la muerte de los medios de comunicación y deseaba larga
vida al periodismo ciudadano.
La agenda de Elon Musk es, por
tanto, muy clara: ya no se trata de inundar el mundo con contenidos
propagandísticos y «hechos alternativos», según la expresión de
Donald Trump. Se trata, pura y simplemente, de suprimir los medios de
comunicación y, por tanto, a los periodistas.
Ningún periodista,
ni en Europa ni en el resto del mundo, puede permanecer indiferente
ante esta amenaza sin precedentes. El hombre más rico del mundo, que
acaba de ser nombrado por el señor Trump para dirigir un
Departamento de Eficiencia Gubernamental, ha proclamado la muerte de
los medios de comunicación, en un momento en que estos mismos medios
se enfrentan a una terrible crisis de confianza por parte del
público. Con una proporción muy preocupante de la población
que evita los medios de comunicación. La última encuesta del
Instituto Reuters de la Universidad de Oxford muestra que el 44% de
la población en España
evita
los medios de comunicación. Hay dos razones para ello: en primer
lugar, porque creen que los medios no les proporcionan una
información que pueden obtener en otro lugar; y en segundo lugar,
porque los medios no dan sentido a sus vidas. Los medios de
comunicación han perdido su capacidad de inspirar y dar
sentido.
¿Cómo podemos, como periodistas, reaccionar ante estas
tendencias opuestas? En primer lugar, siendo más rigurosos, más
independientes y más éticos que nunca. Los periodistas deben ser
más humildes, más transparentes, demostrando día tras día que
están plenamente al servicio del público. Y no al servicio del
poder. La ética y la honradez deben ser nuestras prioridades
absolutas.
Por
desgracia, no siempre es así. Permítanme ponerles un ejemplo
reciente: los incidentes que empañaron el partido de fútbol entre
el Maccabi y el Ajax la semana pasada en Ámsterdam. Hubo violencia
por ambas partes. Pero muchos medios de comunicación -incluidos el
New York Times, Bild Zeitung, CNN, The Guardian, la BBC y la
cadena pública alemana ARD- utilizaron imágenes tomadas por una
fotoperiodista holandesa, Annet De Graaf, que filmó los incidentes
frente a la estación central de Ámsterdam. Todos estos medios
utilizaron las imágenes para sugerir ataques antisemitas contra
aficionados israelíes. El problema es que las imágenes de Annet De
Graaf muestran claramente a los hooligans israelíes atacando a los
transeúntes, y no al revés. Annet De Graaf ha exigido disculpas y
rectificaciones a todos estos medios. La cadena alemana ARD fue la
primera en disculparse y corregir la información. Otros siguieron:
RTL, el New York Times,la BBC…
Saludo la actitud
responsable de estos medios, pero me pregunto por su capacidad para
difundir informaciones falsas sin realizar las comprobaciones
necesarias. El ejemplo más llamativo procede de la cadena británica
SkyNews, que primero difundió la información correcta (agresiones a
transeúntes por parte de hooligans israelíes frente a la
estación de Ámsterdam), y luego la cambió para hablar de
aficionados israelíes agredidos por propalestinos, basándose en un
informe engañoso de una agencia de prensa, y después en
declaraciones oficiales de las autoridades holandesas e
israelíes.
Los medios de comunicación ya no pueden permitirse
este tipo de aproximaciones, menos aun en un contexto tan delicado.
Tenemos un deber de rigor. Es la primera respuesta que esperamos de
la profesión frente a la desinformación: el periodismo, el
periodismo de verdad, el periodismo preciso, honesto y ético, es el
mejor antídoto contra la desinformación.
Pero los periodistas
por sí solos son impotentes ante el poder desinformativo de las
redes sociales. Sobre todo porque la naturaleza de la desinformación
propagada por las redes sociales ha cambiado, como ha demostrado Joan
Donovan, profesora de Periodismo en la Universidad de Boston,
comparando las aportaciones de las redes durante las elecciones
presidenciales estadounidenses de 2016 y 2024.
La
diferencia hoy es que los oligarcas dueños de las redes sociales,
empezando por Elon Musk y Mark Zuckerberg, han moldeado sus
algoritmos al servicio de sus propias ideas políticas. Ya no se
trata solo, como en 2016, de difundir desinformación porque da
dinero a los dueños de las redes. Ahora se trata, para esos mismos
propietarios de las redes, de controlar ideológicamente las mentes,
en función de sus intereses políticos y financieros.
Estudios
científicos han demostrado que Mark Zuckerberg ha utilizado Meta
para invisibilizar a los periodistas estadounidenses críticos en las
redes Instagram, Facebook y Thread. Por ejemplo, Meta suspendió las
cuentas de periodistas que cubrieron testimonios concretos que
describían la admiración de Donald Trump por Adolf Hitler.
Estudios
científicos también demuestran que Elon Musk hace un amplio uso de
X (Twitter) para difundir su ideología de extrema derecha, en
particular una retórica conspirativa hostil a los inmigrantes. La
profesora Donovan habla incluso de una nueva forma de
«tecnofascismo», en el que la tecnología se utiliza para silenciar
las voces críticas, por un lado, y para promover ideas que favorecen
a los detentadores del poder político y económico, por otro, a
escala mundial.
Frente a esta deriva democrática, los gobiernos y
las organizaciones intergubernamentales deben actuar. Tienen el deber
de desarmar a los desinformadores. La Unión Europea va por buen
camino con la Ley de Servicios Digitales, pero hay que ir más allá
con iniciativas para regular las redes sociales y la inteligencia
artificial generativa. De lo contrario, no es sólo el periodismo
sino la democracia la que corre el riesgo de desaparecer.
La filósofa alemana Hannah Arendt, que también fue una gran periodista, documentó este riesgo analizando el funcionamiento de la propaganda nazi. Permítanme citar una entrevista que concedió en 1973 y que suelo leer a mis alumnos de Periodismo en la Universidad Libre de Bruselas:
«En el momento en que dejamos de tener una prensa libre, puede pasar cualquier cosa. Lo que hace posible que gobierne una dictadura totalitaria o de cualquier otro tipo es que la gente no esté informada; ¿cómo puedes tener una opinión si no estás informado? Si todo el mundo te miente siempre, la consecuencia no es que te creas las mentiras, sino que ya nadie se cree nada. (…) Un gobierno mentiroso tiene que reescribir constantemente su propia historia. (…) Y un pueblo que ya no puede creer en nada no puede decidirse. Está privado no sólo de su capacidad de actuar, sino también de su capacidad de pensar y de juzgar. Y con un pueblo así se puede hacer lo que se quiera».
Repito:
“La consecuencia no es que te creas las mentiras, sino que ya nadie
se cree nada”.
Nada ha cambiado. El objetivo sigue siendo el
mismo: crear una cortina de humo permanente, relativizar toda la
información, generar una confusión permanente, impedir que los
ciudadanos piensen, suprimir todo pensamiento crítico. Se acaba por
no creer a nadie, por no creer en nada, y por asimilar los medios de
comunicación y los periodistas a vectores de propaganda a sueldo de
quienes detentan el poder.
He explicado cómo creo que debe
reaccionar la profesión. Pero, ¿qué pueden hacer los gobiernos
nacionales? Hace poco más de siete meses, en marzo, la
Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE)
publicó un informe muy pertinente titulado Facts Not Fakes. El
informe analiza las nuevas formas de desinformación, sus mecanismos
y su impacto, pero sobre todo ofrece a los gobiernos una serie de
recomendaciones muy concretas sobre las mejores estrategias para
combatir esta desinformación.
El valor
de este informe, aparte del hecho de que procede de una importante
institución internacional, es que advierte a los gobiernos contra
las soluciones aisladas simplistas, como la adopción de una ley
contra la desinformación o la introducción de una certificación de
los medios de comunicación (como el sello Journalism Trust
Initiative). El informe demuestra que estas soluciones aisladas no
tienen ninguna posibilidad de funcionar. Son fáciles de adoptar para
los responsables políticos y dan a la opinión pública la impresión
de que el problema está bajo control. Pero en realidad son
ineficaces.
Lo que propone la OCDE es una lucha integrada que
movilice a todos los actores virtuosos de la sociedad: periodistas y
medios de comunicación, poderes públicos y sociedad civil. La
estrategia eficaz no consiste en atacar los contenidos que
desinforman, sino en promover el desarrollo y la difusión de
información creíble. La información falsa se combate mediante un
ecosistema que fomenta la difusión de información verificada.
Una
de las prioridades del informe de la OCDE es una política de
preservación y fomento de la integridad del ecosistema informativo.
En pocas palabras, los gobiernos deben garantizar a los ciudadanos el
acceso a fuentes de información múltiples, independientes, que
contribuyan a la vivacidad del debate democrático. Esto no tiene
nada de revolucionario: es un compromiso que se deriva de los
principios democráticos vigentes en Europa. Principios consagrados
en la Declaración Europea de Derechos Humanos. Principios
consagrados en la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos
Humanos. De hecho, en Europa, los Estados tienen la obligación
positiva de promover la libertad de prensa.
Concretamente, ¿qué
propone el informe de la OCDE a los gobiernos de los 38 países
miembros (entre ellos España y Estados Unidos)?:
1. Las
autoridades públicas deberían apoyar el pluralismo de los medios de
comunicación, en particular garantizando la independencia y la
financiación sostenible de los medios públicos, proporcionando
apoyo financiero (incluidos incentivos fiscales) a los medios locales
y de investigación, regulando estrictamente la concentración de
medios, garantizando legalmente la independencia de la redacción
respecto a los propietarios de los medios e imponiendo normas
transparentes y justas sobre el reparto de la publicidad
institucional.
2. Los poderes públicos deben proteger a los
periodistas y a los trabajadores de los medios de comunicación
cuando son objeto de ataques, ya sean físicos o virtuales, lo que
ocurre cada vez con más frecuencia: es necesario un plan de acción
nacional negociado con los sindicatos de periodistas en cada país,
para proteger a los profesionales de la información.
3. Los
poderes públicos deben apoyar la autorregulación periodística para
promover la ética y la calidad de los contenidos, es decir,
cofinanciar consejos de prensa independientes con representación
paritaria de periodistas, propietarios de medios y sociedad civil.
4.
Los poderes públicos deben regular las redes sociales y el uso de la
inteligencia artificial generativa, y en particular el uso de deep
fakes, imponiendo normas de transparencia y rendición de
cuentas.
5. Las autoridades públicas deben invertir en la
alfabetización mediática de todos, para que los ciudadanos puedan
hacer frente por sí mismos a la desinformación.
Todas estas
recomendaciones de la OCDE son precisamente las que defendemos desde
la Federación Europea de Periodistas. En nombre de los 295.000
periodistas que nuestra federación representa en 44 países
europeos.
Queda mucho por hacer. Pero este es el precio que
tenemos que pagar para proteger el periodismo y la
democracia.
Aprovecho la ocasión para felicitar a las
organizaciones españolas de periodistas, entre ellas nuestros
afiliados FAPE, FeSP, CCOO y UGT, que han solicitado ser escuchadas
por el Gobierno español en el marco de la transposición del nuevo
Reglamento Europeo sobre la Libertad de los Medios de Comunicación.
Las reformas necesarias no pueden hacerse sin contar con los
sindicatos y asociaciones de periodistas. Aprovecharemos la ocasión
para decir al Gobierno lo que queda por hacer para luchar contra la
desinformación
Sigo confiando ante esta movilización. Sé que ni
yo ni ustedes permitiremos que Donald Trump y Elon Musk cumplan su
sueño de suprimir los medios de comunicación. Sus intenciones son
claras. Nuestra resistencia es igual de clara. No lo permitiremos.










