«Somos un diario, no un restaurante, ni una red social, ni un espacio cultural, ni un plató de televisión, ni un bar, ni una incubadora de startups», titulaban el pasado sábado los trabajadores de Libératión en su portada, a manera de manifiesto.
Así respondían, tras la huelga del viernes, al proyecto de los propietarios -Bruno Ledoux, Édouard Rothschild y el grupo italiano Ersel- de transformar los locales del diario, en el centro de París, en un espacio de intercambio «dedicado por completo a Libération y a su universo» y abierto a periodistas, artistas, escritores, filósofos, políticos o diseñadores.
El nuevo proyecto no menciona lo que ocurrirá con la redacción que trabaja allí ni con sus 290 trabajadores ni qué inversiones son necesarias para concretarlo y, aparentemente esta dirigido a hacer viable el diario convirtiéndolo «no sólo en un editor de prensa en papel», sino en «una red social, creadora de contenidos rentables.”
Para los trabajadores de Libération, que Jean-Paul Sartre fundó en 1973, se trata de «un verdadero golpe de Estado de los accionistas contra Libération, su historia, su equipo, sus valores» y estiman que este proyecto «es Libération sin Libération. Hay que mudar el diario, pero conservar su bonito logo. Echar a los periodistas, pero ‘rentabilizar’ la ‘marca'».
Rechazan, dicen, la voluntad «de construir un Libelandia, un Libemarket, un Libeworld. Un rombo rojo con nada detrás, sólo 10 letras que querrán decir poca cosa», aludiendo al logo del diario.
En 2013, el rotativo perdió más del 15 % de sus ventas, que se situaron en 97.299 ejemplares el pasado noviembre, el peor resultado desde hace15 años.










