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La prensa que blanquea los delitos de género, según quién es el acusado

Todo por proteger una carrera y un poder. Las víctimas, mientras, buscando justicia en los tribunales, contra todas las adversidades.»

Una entrevista desde la prisión al futbolista Dani Alves coincidió en el tiempo con la mesa de debate La presunción de inocencia a juicio organizada en Barcelona por el CPC. En torno a esto, el portal “media.cat” publica un artículo, que firma Nicolas Tomás, en el que analiza el presunto blanqueo de los agresores sexuales y la doble victimización de la agredida.

El articulista señala: No hacía buena pinta justamente por algunos casos que se han producido dentro del mismo sector periodístico catalán, donde se ha protegido a los agresores y se ha desprotegido a las víctimas. Por suerte, Fátima Llambrich, periodista de TV3, puso un poco de luz en la oscuridad. Denunció cómo se “utiliza la presunción de inocencia para hacer un discurso exculpatorio” y para “sacar valor” a la investigación y a las víctimas. Algo que se agrava cuando el acusado tiene “poder” para “mover hilos” y montar una campaña para salir con las menores heridas posibles. Todo ello bajo el mantra de la supuesta neutralidad. Pero la realidad es muy terca.

El destino quiso que ni 24 horas después de esta charla en el Colegio saliera en todas partes el nombre de Dani Alves, desde el diario con más tirón y la radio con más oyentes de Catalunya hasta la segunda cadena de televisión con más audiencia del Estado. El motivo, una entrevista del ex futbolista. «En exclusiva desde la cárcel», que siempre lo hace más suculento. «La perdono, sigo sin saber por qué ha hecho todo esto, pero la perdono», decía el acusado de violación, al que todas las pruebas señalan como tal, en un tono paternalista hacia la víctima. Al día siguiente, este jueves, nueva dosis: “Sólo ella y yo sabemos qué ocurrió esa madrugada dentro del baño”. Ninguna información nueva; tan sólo más altavoz y visibilidad para el presunto agresor. ¿Y la víctima? Ni rastro. Como de costumbre.

No se trata de un caso aislado. En los últimos meses hemos tenido sobradas muestras, incluso dentro de nuestro pequeño microcosmos del periodismo catalán. Como en tantos otros casos, el paraguas de la supuesta «presunción de inocencia» de Saül Gordillo, acusado de agresión sexual por dos extrabajadoras, no fue más que una excusa. ¿El objetivo? Proteger a una persona que ha tenido mucho poder. Y, en manada, determinada gente se sumó, deliberadamente o –peor– inconscientemente, a la máquina de barro. ¿El medio? Destruir la acusación de las víctimas, desacreditarlas con un relato fabricado, si fuera necesario fuera de la ley con la revelación de datos personales. Cierre de filas y guerra sucia, todo por proteger una carrera y un poder. Las víctimas, mientras, buscando justicia en los tribunales, debieron luchar contra todas las adversidades. Por si no tuvieran suficiente.

La abogada Carla Vall, que sabe de todo esto, lo bautizó como “la conjura de los malos” en una tribuna en El País . «Durante mucho tiempo, los agresores de mujeres han vivido bajo un manto de inocencia que no era suyo, y sobre una ingenuidad social que pensaba que sólo la maldad real coincide con la apariencia». Lo que las expertas han bautizado como la “cultura de la violación”: todo un sistema que, de facto y pese a la legislación igualitaria, sólo normaliza y perpetúa las agresiones sexuales. Unos engranajes, también judiciales, que protegen a los agresores y entierran aún más a las víctimas. 

El debate debe plantearse bien enfocado. Si no, la imagen que queda sale totalmente distorsionada. Es interesante el trabajo realizado desde hace más de tres años por el Observatorio de la cobertura de las violencias machistas en los medios de comunicación, de esta misma casa. Porque no es lo mismo poner el micrófono al agresor que a la víctima, como no lo es ponerlo a los opresores que a los oprimidos. La supuesta equidistancia supone también tomar partido. No puede ser neutral ante la violencia machista. Tampoco sería una virtud, si fuera posible.

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