Recuperando del recuerdo la novela del peruano Mario Vargas Llosa, el periodista Javier Valenzuela, refiriéndose a los actuales momentos del diario “El País”, dice: ¿Cuándo había empezado a joderse el Perú? Conjeturo que a lo largo de la última década del siglo XX. Cuando una idea que, en principio, no era mala, la de formar un grupo multimedia en castellano que tuviera peso en el mundo, se le fue de las manos a un Cebrián que se imaginó a sí mismo en el papel de Ted Turner, Bill Gates o Rupert Murdoch.
Eran los tiempos del dinero fácil y, como los grandes beneficios de El País resultaban insuficientes, las nuevas adquisiciones aquí, allá y acullá se hicieron a crédito. El grupo PRISA terminó así endeudado ante los bancos y aquello coincidió con una rebaja en los hasta entonces estrictos criterios profesionales, como si Pedro J. Ramírez hubiera terminado ganándole la batalla al Cebrián juvenil. Así acabarían llegando los monumentales errores de la edición extra del 11-M de 2004 (Matanza de ETA en Madrid) y de la foto de un supuesto Hugo Chávez agonizante de enero de 2013.
Valenzuela, que trabajó durante 30 años en el diario de Prisa, así lo señala en el artículo “El mal envejecer de El País a los 40 años de su publicación” que publica en “heraldodemadrid.net”.
Para el periodista este diario “fue convirtiéndose en una capilla partidaria del mantenimiento del statu quo. Cuando el 15-M le dio la oportunidad de volver a alzar su voz para reclamar una España más democrática, más justa y menos corrupta, El País se enrocó en la defensa numantina de las bondades imperecederas de la Transición, la Constitución del 78, la bipartitocracia, la monarquía borbónica y todo lo procedente de aquel tiempo en que fue joven y feliz. En vez de abanderar intelectual y periodísticamente el deseo de cambio, de proponer una Segunda Transición que reformara a fondo el edificio patrio, se hizo tan temeroso y previsible como su competencia.
Y continúa Valenzuela, “El País nunca fue tan de izquierdas como lo creían muchos de sus lectores. El colega norteamericano Jonathan Blitzer lo presentó en 2012 en The Nation (The Future Is Not What It Used To Be: On El País) como un medio esencialmente oficialista del sistema surgido tras la muerte de Franco. Blitzer, hoy en el New Yorker, no andaba descaminado. El País era -y lo sigue siendo- progresista en cuestiones de cultura, sociedad y estilos de vida, pero en las cosas del comer, en sus páginas económicas, siempre ha estado a favor de los bancos y las grandes empresas, para qué engañarnos.
En cuanto a la política, su principal componente ha sido el felipismo, un centroizquierda cada vez más tibio, bordeando ahora el centroderecha de Ciudadanos. Y eso desde que, a lo largo de los Ochenta, Cebrián y Polanco tejieron con Felipe González una gran amistad personal y una sólida red de intereses económicos.”
Valenzuela señala que “la actual obsesión de El País por el chavismo, cual si fuera el principal problema de España y la humanidad, resulta grotesca. Supongo que tendré que repetir por enésima vez que no me entusiasman los caudillos bolivarianos en chándal, pero, francamente, me preocupan menos que la corrupción, los desahucios, los abusos bancarios y empresariales, los recortes en el Estado de bienestar y los empleos precarios y mal pagados que se han convertido en moneda corriente en mi propio país.
Y puestos a hablar de política internacional, menos también que la extensión del salafismo que predican y pagan los jeques de la Península Arábiga. Imagino que eso me convierte para los actuales editorialistas de El País en un populista, una socorrida fórmula de estigmatización que todavía no sé muy bien lo que quiere decir.”










